martes, 9 de septiembre de 2014

Te echo de menos

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, decía el poeta. Y mi infancia son recuerdos de un pueblo castellano.  De veranos largos bajo el sol abrasador. De calles sin asfaltar y paseos por el río.

En mis veranos infantiles no faltaban los amigos, las carreras en bicicleta, los juegos en la calle, los primeros escondites, las primeras travesuras...

Pero si miro hacia atrás, hacia esos veranos en la meseta castellana, sobre todo estabas tú. Siempre estabas tú. Que me levantabas para ir a buscar la leche juntas los primeros años, cuando aún teníamos que hervirla después. Cuando me llevabas a por el pan, recién sacado del horno (que miedo me daba el panadero, que siempre amenazaba riéndose con meterme dentro!). Tú, a quien observaba cocinar todos los días. A quien preguntaba una y otra vez como se hacían las lentejas. A quien le pedía que por favor me dejara ayudarla a cocinar.

Contigo aprendí a aclarar platos en un barreño lleno de agua. A restregar el jabón al lavar a mano. Tú intentaste año tras año que aprendiera a coser, a bordar… menos mal que lo dejamos por imposible, porque sigo pinchándome con cada aguja que cae en mis manos! A cambio, me bordaste baberos para mis niñas cuando nacieron.

Recuerdo el momento de acabar el colegio y contar los días para ir a veros. Recuerdo cuando llegábamos la alegría de saber que teníamos tantos días y tantas noches por delante. Como me gustaba llegar y dormir en esas camas blandas, en esos colchones de lana. Nunca aprendí a hacer una cama como tú, estirando las sábanas con una vara y dejándolas impecables.

Y recuerdo los inviernos, como olvidarlos!. El frío que se metía hasta los huesos. Como nos calentabas la ropa en el brasero antes de que nos levantásemos. Como nos avisabas de cuando estaba todo listo para que fuésemos corriendo desde la cama al calorcito de la mesa camilla y nos vistiésemos en el salón. Y las bolsas de agua caliente por la noche… si, esas mismas que cuando las tocabas a las 3 de la mañana parecían témpanos de hielo.
Te recuerdo ahí, como una roca, inamovible, año tras año. Dejamos de ser niños y seguías ahí. Dejaste de entendernos y seguías ahí. Siempre con los brazos abiertos. Te recuerdo especialmente sentada escuchando mi tesis doctoral. ¿Qué podías entender tú de todo lo que yo iba contando en aquel tribunal? Nada. Pero estabas tan contenta… tan orgullosa… Nunca te dije lo importante que fue para mi que te empeñaras en presentarte allí. Si te pienso en esa sala se me siguen poniendo los pelos de punta.

Podría seguir eternamente. Porque me enseñaste tantas cosas. Tantas. Pero sobre todo me enseñaste una. Que se puede querer incondicionalmente a los tuyos aunque no estés de acuerdo en nada. Aunque no entiendas nada de lo que hacen. Que un hogar siempre debe estar abierto a todos.

Y ¿por qué me acuerdo justamente hoy? Porque hoy es 9 de septiembre. Y todos los 9 de septiembre, año tras año, tú me llamabas para felicitarme. Porque hoy es mi santo. Y eras la única persona que lo tenía en cuenta (es lo que tiene tener una familia más bien atea).

Y hoy te echo de menos. Aunque hace tiempo que la persona que me felicitaba quedó sepultada en la nebulosa de quien sabe qué… Hoy, especialmente, te echo de menos, abuela. 

lunes, 16 de diciembre de 2013

No mires lo que pasó ayer

Yo no sé vosotros, pero yo tengo la manía de “engancharme” a veces con las cosas negativas que me pasan; o aún peor, con las cosas que no hago bien (o todo lo bien que yo querría hacer).

Pongamos un ejemplo simple. Pasas un día fantástico, sales a pasear, disfrutas del sol, de las niñas, de la compañía de amigos. Te ríes, juegas, en resumen: te lo pasas pipa. Y al llegar a casa, cansados todos, a alguien se le cruza el cable por una nadería. Y obviamente, como todos estamos cansados, nadie lo gestiona bien y acabamos los cuatro como el rosario de la aurora. ¿Os suena?


Y digo yo. ¿Por qué extraño mecanismo de la mente tenemos que quedarnos con el final? ¿Qué nos impide pensar: “vaya día estupendo que pasamos ayer”? En vez de eso, a menudo nos quedamos con el: con lo bien que íbamos y va y lo ESTROPEO todo. O estropeamos, para repartir culpas.

Y exactamente lo mismo con todo. A mí en particular con la crianza me pasa. Si un día resuelvo mal una situación con las niñas, parece que es que todo lo he hecho mal hasta ese momento. Pero no sólo eso, sino que me levanto y sigo pensando a veces lo que hice mal.

Pues no señores. No puede ser. Es que no es cierto. El día fue fantástico. El día estuvo genial. Nos enfadamos un ratito. Ya. Punto.  Y no, no lo hacemos todo mal. Simplemente a veces nos equivocamos.

Si en vez de eso nos estuviéramos comiendo un helado y al final se nos cayera al suelo… nos daría rabia, si, pero no nos pasaríamos el resto del día lamentándonos por el cachito que se nos cayó.

Así que yo me digo: no pienses en lo que pasó ayer. No mires hacia atrás para ver todos y cada uno de los fallos que tienes. Todo lo que hiciste mal y podrías haber hecho mejor.  Ni siquiera con la excusa de “aprender de los errores”. Si los tenemos grabados a fuego. Si cada vez que metemos la pata nos flagelamos como si fuésemos responsables de la Tercera Guerra Mundial. ¿De verdad nos hace falta recrearlos en la mente?

Hoy es otro día. Hoy es ya, hoy es ahora. Hay una nueva oportunidad para hacer las cosas bien, para hacerlas mejor, para sentirse a gusto.  Dejemos de pensar siempre en ayer, y empecemos a pensar en lo bien que lo vamos a hacer mañana. 

martes, 10 de diciembre de 2013

Sueños

Últimamente no dejo de darle vueltas a la palabra felicidad.

Estoy rodeada de anuncios que te animan a “vivir tu vida”. Frases en muros que te animan a “perseguir tus sueños”. Fotos con eslóganes recordándonos que hay que disfrutar de la vida, que hay que disfrutar del momento. Carpe Diem


Todo a mi alrededor parece que me está gritando: ¡cámbialo todo! ¡Sigue adelante! ¡Persigue tus sueños!

Y yo me pregunto: ¿cuáles son mis sueños? Todo el mundo parece saber lo que quiere. O lo que querría tener si pudiese. La gente habla de sus ilusiones, de las cosas que les gustaría emprender, lo que haría si, si, si…

Y yo no hago más que leer esas frases y buscar en mi cabeza ese “mi sueño” que todo el mundo parece tener. Esa gran cosa que haría si pudiese o tuviese tiempo o no estuviese cansada, o tuviese más dinero, o…

Llevo meses pensando todos los días en esto. La mayoría de los días me da el subidón cuando me repito a mí misma “tú puedes!” ; y la mayoría de las veces me da el bajón cuando pienso “pero yo puedo ¿qué?”.

Parece que tuviéramos que irnos a vivir al monte en soledad; o que tuviéramos que dejarlo todo para ir a dar la vuelta al mundo en velero. O que fuese necesario dejar el trabajo que tenemos para dedicarnos a hacer malabarismos en la calle para ser felices. O para cumplir con el "vive tu vida como tú deseas". 

Y fue esa frase, ese "vive tu vida" la que me hizo despertar.  Por fin, después de pensar, de buscar inútilmente a qué me podía dedicar yo para cambiar algo, me di cuenta.

 No necesito cambiar mi trabajo. No necesito dejar mis rutinas (que para eso son mías y me gustan). No necesito buscar grandes sueños lejanos que me tenga que inventar.  No quiero cambiar mi vida. Lo que realmente quiero es cambiar como la vivo.

Quiero estar contenta cuando salgo por la mañana a trabajar. Quiero llegar a casa con la sonrisa puesta. No quiero quejarme, quiero que cada momento sea diferente. Que hacer una tortilla de patatas sea una fiesta. Que sentarme en el sofá bajo una manta me recuerde que estoy en casa. Quiero volver a reírme a carcajadas, hasta que me duelan las costillas. 

Que cuando dentro de unos años mire hacia atrás no recuerde este tiempo como una zona gris.

Quiero que mis hijas crezcan felices, que recuerden a su madre como alguien que se reía, alguien a quien el día a día no le pesaba demasiado. Porque ellas nos miran y se miran en nosotras. Y  para ellas deseo simplemente eso, que sean capaces de vivir como ellas quieran. Y de ser felices.


Pero sobre todo, quiero dejar de buscar la felicidad ahí fuera. Porque no va a venir a buscarme. Porque nadie va a ayudarme a encontrarla.  Soy yo la que tiene la llave para abrirle la puerta. 

Y acabo de abrir las ventanas de par en par. 

lunes, 6 de mayo de 2013

A veces leemos tanto



A veces leemos tanto que nos bailan las letras.

A veces escuchamos tantas cosas que dejamos de entenderlas.

A veces, a menudo, me preocupo tanto de mirar alrededor que dejo de mirar hacia mi misma.

Y me pierdo. Me desoriento. Y dejo de encontrar las respuestas que ya sabía. Y se me olvida como escucharme, como mirarme y como aprender nuevos caminos

Me ha pasado siempre, no es algo nuevo. Pero ahora de repente no lo he visto venir. Quizá porque implica a mis hijas, mi crianza, mi vida. Quizá porque al final intento hacerlo todo tan bien que nunca llego a alcanzar mis propias expectativas.

Así que me voy a parar. Me voy a obligar a detenerme. A dejar de leer, a dejar de escuchar, a dejar de mirar. Por lo menos, a no hacerlo tanto.

No quiero que mi relación con mis hijas esté dominada por el “debería” y el “no debería”. Y no me refiero a lo que yo creo que deberían hacer o dejar de hacer ellas, sino yo misma. En nuestro empeño en hacerlo todo bien, en respetarles, en seguir sus ritmos, en no dañarles, en enseñarles como aprender sin condicionantes, me temo que yo al menos, en ocasiones, me he ido al otro extremo.

Y no me gusta.

No me gusta analizar cada palabra, cada acción o cada gesto para comprobar si será lo bastante respetuoso o si le estaré enviando un mensaje. Si con mi negativa a algo le estoy haciendo bien o mal o regular.  


Necesito (si, yo también necesito cosas) sentir que la cosa fluye y que no todos los gestos palabras o decisiones que tomo (si, a veces las tomo yo sola y no tengo en cuenta a nadie) van a marcar profundamente el curso de sus/mis/nuestras vidas.

Siento que a veces, en ese afán de hacer "lo correcto", he dejado de entenderlas. Me he quedado en una teoría que al final es eso: negro sobre papel. Sintiéndome mal si hacía o decía algo que dentro de mi resonaba como adecuado pero que mi cabeza pensaba que no debería hacer o sentir. 

Necesito recuperar ese espacio que nos pertenece a las tres, como personas diferentes que somos, con nuestros encuentros, nuestras diferencias, nuestros enfados y nuestros “te quiero”. Con mis errores y con mis maneras de hacer las cosas.

Quiero que vean que su madre se equivoca, duda y a veces mete la pata hasta el fondo. Tienen derecho a tener una madre que disfruta de ellas porque sí.

Necesito esa espontaneidad que da chispa a la vida. Que nos ayuda a disfrutarla. 

Voy a seguir disfrutando del momento. De todos. Y sobre todo, de aquellos que nos salen de dentro sin pensar en nada más.


Porque quiero dejar de pensar y concentrarme en sentir. 

lunes, 4 de marzo de 2013

Dificultades


De forma más o menos inconsciente, incluso cuando tratamos de evitarlo, todos proyectamos una serie de expectativas al futuro. Nuestro, de nuestros hijos, de nuestra pareja. Siempre pensamos que hay cosas que serán de una determinada manera.

Hay cosas que siempre les pasan a otros. Y ni siquiera hablo de cosas graves, hablo de pequeñas, medianas, o grandes dificultades que nos vamos encontrando en el día a día. Y de vez en cuando, va algo y nos pasa. A nosotros. A nuestros hijos.

Y de repente tenemos que reinventar nuestra historia; tenemos que mirar hacia dentro y ver qué esperábamos realmente, qué queríamos y que nos encontramos en realidad.
Cuando algo así sucede con los hijos, duele más. Porque en el fondo se juntan muchas cosas:

Tú querías que las cosas fueran transcurriendo de manera “normal”.

Tú querías que tu hijo/a fuese encontrándose los problemas y dificultades normales en la vida.

Tú querías que aprendiera a resolverlos. 

En definitiva, tú querías que fuese feliz sin más, así, con sus luces y sus sombras, como todo hijo de vecino.

Pero ¿qué pasa cuando tu niño/a tiene alguna clase de dificultad específica? Pues que todas esas dificultades diarias, con las que los demás disfrutan y sonríen ante la manera en la que los niños las resuelven, se convierten en muros. Enormes. Contra los que tu niño/a se da de bruces una y otra vez.

Y cuando son pequeños solo lo vas viendo tú. A veces te parece que lo ves, otras que estás mirando mal; la mayoría de las veces crees que es que estás mirando demasiado.


Hasta que te das cuenta de que no, que en realidad no has mirado bastante. Que el muro se hace más grande día a día, y que tu niño/a necesita una escalera para llegar arriba.

Y ahí viene el momento en el que de repente, te dicen que tienes que ser carpintera. Tú, que jamás cogiste una madera. Tú, que si intentas clavar un clavo lo más probable es que te dejes la uña pegada a la pared. Tú, que tienes la misma idea de montar escaleras que de saltar en paracaídas.


Y te pones a ello. Poquito a poquito, el primer palo, el segundo. El primer travesaño. Se te despega, te queda torcido. Pones un pie y te caes. Y lo que es peor, tienes miedo de que tu peque caiga contigo. Pero ya has aprendido a ponerte el paracaídas. Por si acaso.

Y ves que tu niña te mira y te pregunta “Mamá ¿por qué necesitamos una escalera?”. Y no sabes que contestar.  Y miras el muro y le explicas la verdad: porque es alto y hace falta ayuda para escalarlo. Que no pasa nada por necesitar ayuda, y que ese niño que tan bien alcanza el otro lado del muro a lo mejor no sabe bailar como tú. 

Que eres maravillosa bailando.

Y mientras tanto, pasito a pasito, vas añadiendo peldaños. 

viernes, 18 de enero de 2013

Todo lo que voy a hacer



Mala racha. ¿Quién no ha pasado por una mala racha? Todos tenemos esas épocas en las que nos gustaría esconder la cabeza debajo del ala y no salir. 

Que se nos junta todo, se nos suman (no, se nos multiplican) los problemas y solo de pensar en todo lo que tenemos por delante nos paraliza para empezar a hacerlo.


Hemos pasado una de estas rachas. Y digo hemos porque me niego a decir que estamos pasando. Ya se ha terminado. Si me lo repito como un mantra, seguro que funciona.

Y este año que empieza, voy a hacer muchas cosas.

Voy a seguir confiando en la gente. Porque si, porque me da la gana y porque no quiero que la maldad de unos pocos condicione mi forma de vivir.

Voy a seguir peleando porque mis hijas sean felices, porque tengan una vida mejor, porque se levanten contentas cada mañana.

Prometo abrazar más, sonreír más, pero también llorar más, lo que haga falta y lo que sea necesario. Porque llorar y reír son como comer y respirar, necesarios para vivir de verdad.

Voy a querer más. Porque si, porque hay mucha gente que se lo merece, porque si te cierras al cariño la que te lo pierdes eres tú.

Voy a pasar más tiempo mirando a mis hijas jugar. Voy a tirarme aún más al suelo y voy a dejarme peinar, pintar y disfrazar.

Prometo pasar dejar más horas simplemente viendo la vida pasar.

Prometo intentar dejar de correr, de querer llegar a todo y agobiarme por no conseguirlo. Esto solo prometo intentarlo…

Volveré a leer más, a perderme en las letras y morirme de impaciencia por abrir un libro.

Voy a conocerme mejor a mi misma. Voy a investigarme, a cuidarme y a quererme.

Voy a pasar más tiempo simplemente sintiendo a mi lado a la gente que quiero. 

Quizás penséis que son muchas cosas… Pero no, en realidad todas ellas se reducen a una sola:


Voy a intentar ser más feliz.

Que el 2013 sea el mejor año de todos los vividos hasta ahora. 

jueves, 13 de diciembre de 2012

Reflejos



Al final todo el mundo buscamos reflejos. Nuestra imagen en los ojos del otro. Hablamos habitualmente de cómo los niños se ven a través nuestro, de la importancia de devolverles una imagen positiva, agradable, digna de amor, de ellos mismos, porque así aprenden a verse. En nuestros ojos, nuestras miradas, nuestros sentimientos hacia ellos.

Y también se nos llena la boca de lo ideal que es no mirarse en otros ojos, en otras opiniones, en otras personas. De que no somos un reflejo de nada, que somos entes enteros, perfectos en nuestra imperfección. Que no necesitamos (o no deberíamos necesitar) vernos en nadie para sentirnos bien.

Ojalá. Ojalá la teoría fuera de la mano de la realidad ¿O no? Porque a mí me pasa, a veces, que quiero verme reflejada en otros ojos, en otras mentes, en otras personas. 

¿Quién no ha soñado despierto alguna vez con que escriban ESE poema, ESE verso, ESA reflexión pensando en ti? No hablo de amores románticos, hablo de la huella que dejamos.

¿Quién jamás ha necesitado verse imponente,  saberse brillante, verse interesante, saberse diferente, por ese reflejo que te devuelve otra mirada?

Hay mañanas, cuando una se mira al espejo y le devuelve la imagen real, en que una no puede evitar mirar atrás y pensar en otras imágenes que se vieron reflejadas en el espejo. No es un cualquier tiempo pasado fue mejor. Es nostalgia de esas épocas en las que tu reflejo te decía que podías lograrlo todo, que ibas a conseguirlo todo. Que el mundo estaba esperándote a ti, y solo a ti, ahí fuera. Para que lo cogieras con ambas manos.

Perdonadme si estoy nostálgica, si no estoy optimista; pero  estoy en ese punto de la encrucijada en que una se mira a los ojos y sobre todo lo demás ve ojeras, pelos que necesitan urgentemente que alguien intervenga; piel apagada y sonrisa esquiva. Que empieza a vislumbrar que hay tantas cosas que ya no serán que  se hace difícil respirar.  Que sabes que nadie girará la cabeza en la calle al pasar, que nadie escribirá pensando en ti y que dudas de si tu existencia marcará de alguna manera otras vidas, o si realmente pasarás por ellas como una ligera brisa nada más.



Pero hay una cosa que si sé. Que cuando vuelva a casa, con las ojeras más pronunciadas, calada hasta los huesos, cansada o desanimada, me encontraré dos pares de ojos que, al menos durante un puñado de años, me mirarán al llegar y me devolverán esa imagen que yo sola ya no puedo encontrar. La de una mujer que todo lo puede; que todo lo cura, que todo lo sana. Cuya sonrisa es LA sonrisa. Que con su sola presencia consigue llenar el espacio enorme alrededor de dos pequeñas.

Aprovechemos ese tiempo para dejarnos llevar y mirarnos en sus ojos. Para volvernos a creer que somos lo más importante del mundo y que dejaremos huella queramos o no.  

martes, 30 de octubre de 2012

Etiquetas y otras manías


El otro día iba yo andando con mis hijas por la calle. La pequeña es una kamikaze en potencia, así que ni corta ni perezosa se lanzó a intentar cruzar la carretera por sus propios medios, así que se lo impedí in extremis con un “no” rotundo, al mismo tiempo que la sujetaba. Hasta aquí bien, típica escena de madre con hijos pequeños. 

Según me incorporo y sigo explicándole que no puede cruzar sola la carretera veo una sombra que se acerca rauda y veloz y le suelta: “eso no se hace, no se hace no no no” La sombra en cuestión era una señora de mediana edad, que pensaba que tenía que reconducir a mi hija de alguna manera. Yo entiendo que a veces los niños despiertan el instinto protector de las personas mayores y me vuelvo un poco rígida pero sonriente: “Señora, no se preocupe, que ya está aquí su madre para decírselo”.


Cualquiera pensaría que con esto la buena mujer se ha dado por enterada ¿no? Pues no. Seguimos andando y la oigo: “Eso no se hace, eres muy mala”. Hasta aquí han llegado mis buenas formas. “No señora de mala nada, es MUY buena. Y eso no se le dice a ningún niño”. Mi mirada no admitía réplica.
Según nos íbamos alejando, mi hija pequeña iba repitiendo “no, X no mala, no”. Y mi mayor me miró muy seria y me dijo “Mamá, si alguien nos llama malas, no le haremos ni caso”.

Y esto me hace pensar en varias cosas.

Primera. Qué manía tiene la gente en meterse donde no le llaman, oye. Me imagino la escena al revés: señora de mediana edad cruzando en rojo un semáforo y yo por detrás diciéndole “Eh señora, eso no se hace no no no no”. A ver qué cara ponía la susodicha. Como mínimo se quedaría sorprendida, eso si no me tomaba por loca directamente. Y seguro que no se quedaba impasible ni me daba las gracias por avisar.

Segunda. Qué manía (otra vez!) tiene la gente de poner etiquetas a la primera de cambio. Volvemos a lo mismo, si yo veo a una persona adulta discutiendo con otra, o cruzando en rojo, o cualquier escena semejante… ¿me acercaría a decirle “es usted muy mala”? ¿Es mala por cruzar en rojo? ¿Es mala por discutir con alguien? En definitiva ¿por qué carajo la gente tiene que decirles a los niños que son malos?


Las etiquetas son malas siempre (ups!). En adultos y en niños, porque nos predisponen contra las personas. Pero es que en el caso de los peques, ellos se ven a sí mismos a través de nosotros. Si les miramos con cariño, sienten que son merecedores de cariño. Si les miramos enfadados, piensan que han hecho algo para merecerlo. Si les decimos malos, estamos haciéndoles creer que son malos. Probad a decirle muchas veces a un niño lo bueno, encantador, simpático que es. Veréis como se ilumina.

Tercera. Digan lo que digan los demás, ellos se ven especialmente a través de nuestros ojos, los de sus padres. Da igual lo que el resto del mundo diga, necesitan saber que nosotros creemos en ellos, que estamos ahí para defenderles cuando ellos no puedan. Y para hacerles ver lo maravillosos que son.

Lo importante no es tanto lo que se van a encontrar en la vida, sino las herramientas que les vamos a dar para lidiar con ello.  

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Casa


Últimamente he pasado una época un tanto nostálgica. Quizá porque me he reencontrado de alguna manera con antiguas amistades, o porque cada vez que vuelvo a casa, de alguna manera, me remuevo por dentro.

Casa. 

Si pienso en casa, si pienso, mi casa es mi familia, mi chico, mis hijas. El lugar donde vivo ahora,  que poquito a poquito vamos construyendo y reparando a cachitos.

Pero si no pienso, si me dejo llevar y siento, casa es otro sitio. Casa es donde pasé la niñez, la infancia y la adolescencia.

Casa es una casa con el parqué rayado,  son estanterías desordenadas llenas de libros, cenas en torno a la mesa de la cocina.  Juegos con mi hermano en la habitación, escondites tras los sofás. Peleas fraternales, claro, pero sobre todo risas. Casa es llegar y contar lo que has hecho en el cole, casa es oír la puerta de la calle y sentir que ya estamos todos.

Casa es peleas por el baño, deberes por las tardes, juegos en la calle, nervios porque es la primera vez que voy a salir. Casa es ese sitio donde aprendes a soñar.

Casa es un chocolate caliente mientras llueve fuera una tarde de sábado. Casa también es ese sitio al que no quieres volver siempre cuando tienes 15 años y los amigos son tu mundo. Casa es ese sitio donde siempre te esperan. 

Estoy llegando a ese punto de mi vida en el que hace más años que vives por tu cuenta que en casa de tus padres. Y sin embargo, mi casa está allí.

Si dejamos atrás la parte melancólica, y miramos la nostalgia no desde el “cualquier tiempo pasado fue mejor” sino de cómo nos sentimos al recordarla, yo solo puedo decir que al pensar en mi infancia me invade la calidez. La sensación de seguridad que sentía en casa, cuando todos estábamos allí, nunca la he vuelto a sentir.

Casa es esa sensación de “no puede pasarte nada malo mientras estés aquí, conmigo”.

Y me doy cuenta de que inconscientemente eso es lo que he estado buscando siempre para mis hijas. Quiero que se sientan seguras, quiero que su habitación sea el refugio ante las adversidades, y que el sofá del salón sea el lugar donde acurrucarse en las tormentas.


Así que renuncio  a las paredes impolutas, renuncio a los sofás intactos. No quiero todos los juguetes perfectamente recogidos, ni toda la ropa colocada en sus cajones.

Simplemente quiero que el día de mañana mis niñas sientan que volver a casa, a su casa, es volver al mejor sitio donde se pudieron criar. 

jueves, 5 de julio de 2012

Gracias, mamá


Hoy, por fin, te jubilas. Hoy por primera vez en 65 años no vas a celebrar el cumpleaños, sino ¡la jubilación! Entiendo que después de tantos años trabajando tiene que sentirse uno extraño con la sensación de que no, ya no hay que volver nunca más a trabajar, a la taquilla, a levantarte del sofá por la tarde porque hay turno de noche.

Pero yo si quiero celebrar el cumpleaños. Quiero aprovechar este 65 cumpleaños para darte las gracias… Por todas y cada una de las cosas que has hecho como madre, aunque no estemos de acuerdo en muchas (es lo que tiene educar a los hijos para que tengan ideas propias…). Sin embargo, me gustaría agradecer especialmente algunas de ellas.

Gracias por tenernos siempre en cuenta. No es una obviedad, no todo el mundo piensa en los niños como personas. Gracias por dejarnos tomar decisiones, por dejar que nos equivocáramos. Y por estar ahí cuando después de equivocarnos hemos vuelto con el rabo entre las piernas.


Gracias por no dejarnos llorando sin ser atendidos (“para que aprendan”); por entender que cuando alguien llora, le pasa algo. Por enseñarnos que los sentimientos hay que respetarlos y que no son buenos ni malos, que a veces hay que llorar para curar las heridas.

Gracias por no obligarnos a dormir solos. Por no dejarnos a oscuras llorando, por hacernos siempre un hueco en la cama, y dejarnos dormir contigo. O incluso encima tuyo. Gracias por las luces encendidas en la noche.

Gracias por educarnos en el respeto y en la igualdad. Por hacernos entender que todos somos iguales, y que las personas son importantes. No he sido consciente de esa enseñanza durante mucho tiempo, hasta que me he dado cuenta de que no todo el mundo trata a la gente como tú, como nosotros. Y gracias por inculcarnos que hombres y mujeres son iguales no solo ante la ley, sino ante la vida.

Gracias por los años duros. Por todas esas noches sin dormir, por todas esas jornadas maratonianas de trabajo, por esa soledad en la crianza. Gracias por conseguir que teniendo una madre trabajadora fuera de casa jamás nos hayamos sentidos solos ni abandonados.

Gracias por no pegarnos, por no castigarnos, por tratarnos con respeto. Por hacernos partícipes de la marcha de las cosas y por explicarnos todo. Por dejarnos ensuciarnos, por no reñirnos cuando intentábamos algo aunque no lo consiguiéramos. Gracias por no premiar las buenas notas ni castigar las malas.

Y seguro que me dejo muchas cosas, seguro que alguna importante.  Pero no quiero terminar sin agradecerte también tu función de abuela. Gracias por ser una abuela estupenda para tus nietas. Por pintarles las uñas y llevarlas a comer hamburguesas y a bailar.

Disfruta de tu día, te lo has ganado.

 Felicidades, mamá. 

viernes, 29 de junio de 2012


Me llegan noticias de que hoy,  29 de Junio celebramos el Día Mundial del Sueño Feliz. 



Justo ahora, en un momento en que quien me conoce sabe que estoy pasando una época mala, mala de sueño, mala de cansancio, mala de no dormir 3 horas seguidas. Parece que hubiéramos retrocedido en el tiempo a cuando mi hija pequeña tenía dos meses y dormir 2 horas era motivo de fiesta.

Y hay días que entre despertar y despertar de la peque ya no me duermo y doy vueltas, y más vueltas y me desespero, claro, como no, porque todos somos humanos y no dormir es duro. Pero si hay algo que me parece mucho más duro es sentirte abandonado. Y no cambio una hora de sueño más por uno de esos famosos minutos de reloj de mi hija llorando sola en la cuna. Cuando finalmente cae rendida, relajada, buscando refugio en el hueco de mi brazo, y la miro, no cambiaría ese momento por nada en el mundo. 

Yo no voy a basarme en estudios científicos, no voy a buscar bibliografía acerca de las secuelas de dejar llorar a un niño para que “aprenda a dormir” (curioso, si no supiese dormir no hubiera sobrevivido, pero a alguien que esté berreando en su cuna no debe parecerle suficiente muestra de vitalidad). Yo solo me baso en que lo que no quieras que te hagan a ti, no se lo hagas a los demás. 

Dejar llorar a un niño solo en la oscuridad no es ayudarle. No es enseñarle nada. Bueno si, es enseñarle que no puede contar contigo cuando te necesita.  Dejar llorar a un niño en su cuna reloj en mano es, simplemente, una crueldad. 

Yo pasaré noches mejores, pasaré noches peores, pasaré noches en vela (de esas, seguro, unas cuantas). Pero desde luego, mientras esté en mi mano, mis hijas no pasaran noches sintiendo que sus padres no responden a sus llamadas. Mientras yo pueda, ninguna de mis hijas sentirá angustia a la hora de irse a dormir. Mientras ellas quieran y lo necesiten, mis hijas me tendrán siempre a su lado cuando Morfeo quiera recibirlas en sus brazos.

Que tengáis buenas y felices noches,

Mamá Empanadilla

jueves, 31 de mayo de 2012

Cinco años...



Cinco años. Mañana cumples 5 años. Madre mía, qué número tan redondo ¡y tan grande! Llevas una semana emocionada porque “en Junio es mi cumple” y porque lo vamos a celebrar,  y porque irá mamá al cole a llevar un bizcocho, y porque saldremos al parque con tus amigos….

Y yo no hago más que recordar. Me acuerdo tanto de cuando me enteré que estaba embarazada; de cuando empezaste a moverte dentro de mi y a darme patadas. De cuando supimos que eras una niña y te pusimos nombre. Y de cómo tu padre se acercaba a la barriga y lo decía una y otra vez “para que supieras como te llamabas”.

De los preparativos, del final del embarazo, de las ganas de saber cómo eras físicamente, de conocerte, de tocarte.

Y el día llegó, y dejamos de ser una para ser dos para siempre. Te tocamos, te olimos, te sentimos, sin llegar a creérnoslo y sin saber muy bien qué hacer contigo.

Estos días recuerdo tan a menudo esos meses, ese bebé redondito que eras, plácida, tranquila, feliz. Recuerdo sobre todo tus ojos, esa mirada...

Tu llegada al mundo cambió nuestra vida para siempre; eso lo esperábamos, pero no sabíamos cuanto. No se puede explicar lo que se siente al tener un hijo hasta que lo tienes. Una vez tratando de compartirlo con una amiga que no era madre, se lo describía como “algo tan animal que no puedo describirlo con palabras”.

Cuando llegaste, yo no estaba tan informada como ahora. Acerca de colecho, porteos, lactancia… Pero sé que jamás te dejamos llorar, nunca te faltaron los brazos, jamás te quedaste sola en la cuna esperando desgañitándote sin que alguien viniera a por ti. Porque hay cosas que uno no sabe cómo hacerlas bien, pero sí sabe cómo no hacerlas mal.


De estos cinco años me quiero quedar con la parte buena. Sé que hemos pasado tiempos terribles, hay unos meses que contemplo como en una nebulosa, y solo me arrepiento de no haber sabido disfrutarte más en esos momentos.  Pero eso también me ha enseñado a hacerlo ahora, a preocuparme (un poquito) menos, y a no esperar “que pase el tiempo cuanto antes” porque eso significa perderlo para siempre



Y hoy estamos aquí, cinco años después. Cada vez que pienso que mañana cumples cinco años se me llenan los ojos de lágrimas como a una tonta. Porque no me puedo creer que de mi, de nosotros, haya surgido esa personita tan especial que eres tú. Porque si hay algo que me hace feliz es sentir tu mano en la mía y escuchar tu voz. Porque tú y tu hermana sois las personas más importantes del mundo. Y porque quiero que cuando los cinco sean seis, y siete, y ocho... sigas buscando mi mano.

Felicidades, cariño. 

viernes, 4 de mayo de 2012

Echar de menos


Echo de menos a demasiada gente. Hace poco tiempo escribí esto en el facebook. Y desde entonces no dejo de pensarlo. Hace poco la vida me ha unido de nuevo a una amiga de esas de siempre, de toda la vida, a la que no ves todo lo que quisieras. Y por una situación poco afortunada hemos hablando más en una semana que en los últimos años. Y me he dado cuenta de cuánto la echaba de menos, cuánto, y sin saberlo.

Echo de menos a personas de las que me he alejado única y exclusivamente debido a la distancia. He vivido en diferentes ciudades en los últimos años, y aunque es una experiencia muy enriquecedora, nadie me avisó de lo que duele la parte mala: ir dejando gente en cada una de ellas. Aunque nos reencontremos cada cierto tiempo, aunque nos escribamos y nos sepamos, echo de menos esas barrigas que no vi crecer más que en fotos; esos bebés que conocí siendo ya niños y de los que no sé su juguete favorito, ni si les gustan las salchichas o el chocolate.

Echo de menos a mis “históricas”. Echo de menos a todas aquellas niñas con las que crecí, con las que aprendí a reír, a llorar por amores no correspondidos, a cantar a grito “pelao” en la calle. Con las que aprendí a compartir confidencias. Hay momentos en los que, a pesar de las distancias, a pesar de los kilómetros, os pienso y os hablo, y os escucho en mi cabeza. Y os necesito.

Echo de menos no haber podido compartir con vosotras esos momentos que ya no volverán. Añoro los cafés eternos, las noches interminables y los días intensos. Pero sobre todo añoro esos momentos que vendrán y no podremos vivir juntas.


Y también echo de menos (¡cómo duele este!) a esas personas de las que me alejó la vida. Aquellas cuyos caminos se fueron separando del mío, sin que pudiéramos o quisiéramos hacer nada por evitarlo. A pesar de los desencuentros, de los desengaños y de lo duro de la separación, también os echo de menos.

Echo de menos a demasiada gente. Cierto, pero no puedo terminar sin añadir algo. A veces, la vida te sorprende. Y cuando te encuentras inmersa en la nostalgia, aparece un puñado de personas, unas poquitas, que hacen que te apetezca empezar de nuevo. A no echar de menos. A compartir el día a día, a compartir confidencias, risas, a llorar cuando haga falta.

Vosotras sabéis quienes sois. Otras no leerán esto, pero igualmente les pertenece, porque también forman parte de ese puñadito que me hace más feliz.

lunes, 9 de abril de 2012

El tiempo


El otro día, tras una jornada entera de parque al aire libre, mi hija me preguntó “¿Y esta tarde donde vamos?”. Eran las siete y pico de la tarde así que me tocó explicarle que a ningún sitio más, que ya nos íbamos a casa. Para ella, como habíamos salido por la mañana y no habíamos vuelto a casa, seguía siendo por la mañana, o más bien era un continuo…

Esta aparente tontería me hizo reflexionar acerca del tiempo. O más bien, de la percepción que tenemos del tiempo. Cuando eres pequeño los días son largos. Las estaciones enormes y los años inmensos. Todo es grande, todo es eterno. Y queremos crecer, y queremos que pasen las horas, los minutos, los días, los cursos escolares. Para ser mayores, para ser grandes.

Los adultos solemos presenciar esta prisa por que pase el tiempo con una mezcla de nostalgia y condescendencia: “No tengas prisa por crecer” “Quien volviera a ser niño”, etc.

Y, sin embargo, seguimos viviendo igual. Parece que no hemos aprendido nada. Nos pasamos la vida queriendo que acabe la jornada de trabajo, que llegue el fin de semana, que llegue el puente en el que nos vamos a tal sitio, que llegue el verano, que llegue…
Tenemos un bebé en brazos y a menudo queremos que “empiece a hacer cositas”, que “empiece a hablar” que “empiece a andar”, que “deje el pañal”, que “coma solo” que “duerma solo” que… que pase el tiempo.

Y yo no hago más que pensar. Que solo tenemos este tiempo. Es un tópico, pero es tan cierto: esta hora no volverá. Tendrás otra, más feliz, menos feliz, más ocupada, más relajada, pero será otra. Y a esta no podrás volver, aunque quieras. Y querrás, seguro que querrás.

Tu hijo tendrá 1, 2, 10 años. Pero no volverá a tener la edad que tiene hoy, que tiene ahora, en este momento. Yo lo pienso mientras duermo a mi hija mayor, cuando me entran ganas de que duerma sola y poder irme al salón. ¿Cuántas veces echaré de menos estos momentos junto a su cama en el futuro?

Y lo pienso cuando me desespero mientras me despierto veinte veces por la noche con mi hija pequeña. ¿Cuántas veces suspiraré por volver a pasar una sola de estas noches sabiendo que ella está junto a mi, en mi cama?

Y cuando de verdad lo pienso, en ese justo instante, estoy en paz con el momento y la realidad que estoy viviendo. Y soy más feliz. 

miércoles, 14 de marzo de 2012

Los niños son personas



Pues vale, pensaréis. Se ha roto la cabeza de pensar. Pues no es tan obvio, señores. O no lo parece. Estoy harta de escuchar frasecitas del tipo: para que aprendan. Para que sepan quién manda.

En concreto estoy bastante cansada de escuchar las supuestas virtudes de la Supernanny y cualquier otro coleguilla conductista. Ahora que está tan de moda, no hay día que alguien no me haga referencia a ella y a como “funcionan” sus métodos. Que sí, que lo que es funcionar, funcionan, si entiendes por funcionar que, dado que no haces ni caso a los llantos de tu hijo, éste opta por dejar de llorar (lo cual no quiere decir por supuesto que haya encontrado ninguna solución a su problema, simplemente ha decidido  que no merece la pena mostrarte sus sentimientos, total, ¿para qué?). Es decir, si tu objetivo es conseguir silencio, OK campeón, lo tienes hecho. Si tu objetivo es conseguir que tu hijo haga lo que tú quieras sin cuestionarte nada, esta es tu herramienta.

Ahora bien…si tu objetivo es que tu hijo crezca confiando en la presencia incondicional de sus padres… ahí amigo ya no estoy tan segura. Rarita que es una.
Yo no soy pedagoga, no soy psicóloga, no soy maestra, no soy más que persona y madre. Y eso no se hace. Hay cosas que no está bien hacerlas, por mucho que a través de ellas consigamos lo que queremos, e ignorar los sentimientos de la persona más importante de tu vida debería figurar entre ellas (insisto, rara que es una).

Otro de los grandes “hits” son las caritas sonrientes/tristes, y los premios por buen comportamiento. O sea, si la niña en cuestión se porta bien, le ponemos una pegatina verde/sonriente. Si se porta mal, una roja o enfadada. Es que ni siquiera entro a debatir qué es portarse bien o mal. Si recojo la mesa me gano la cara sonriente. Pero si no la recojo, una imagen cabreada me mirará constantemente desde el tablón colgado en el frigorífico todas las mañanas recordándome que hace 3 días no quise poner el plato en la mesa. Y gracias a ello, este fin de semana me quedo sin ir al circo. ¡¡¡Aaaaahhh!!! ya lo pillo. O no… espera, es que no entiendo la relación entre poner la mesa e ir al circo… Lo dicho, además de rara, cortita.

¿Para qué nos vamos a molestar en buscar formas más constructivas de entender las consecuencias de mis actos? Si esto es mucho más rápido. Estoy convirtiendo a mi peque en una máquina recolectora de gomets verdes, oiga. Claro, que si mañana le digo de repente que no recoger la mesa vale una cara sonriente y recogerla una roja, el chiquillo en su afán recolector dudo mucho que se planteara la coherencia de la norma.

Y no menos importante… las famosas llamadas de atención. Fíjate que son bajitos pero malévolos, parecen pensar algunos. Que cuando quieren que les hagas caso, van e intentan que se lo hagas. Maquiavélico. Así que nada, la próxima vez que vaya por la calle y oiga mi nombre, agacho las orejas, miro al suelo y aprieto el paso. ¡Que alguien está tratando de llamar mi atención! Habrase visto tamaña desfachatez. Ya se sabe ¡ni caso!.


Lo dicho, se nos olvida que los niños son personas.  Bajitas, pues sí. Pequeñas, pues depende de cómo cuantifiques a la persona, si por altura o por riqueza interior. Si es por lo primero serán pequeños, pero si es por lo segundo a nuestro lado serían gigantes.

Yo cuando oigo el tan manido: “Es que si le haces caso cada vez que llora, aprenderá que siempre estás pendiente de él” o “Las vas a acostumbrar a que cada vez que lloren allá vas tú”, siempre contesto que justamente ESO es lo que quiero que aprendan mis hijas.

Que pase lo que pase, hagan lo que hagan, mamá estará a su lado. Me parecerá bien, me parecerá mal, estaremos de acuerdo o discutiremos por ello, pero siempre podrán contar conmigo. 

martes, 28 de febrero de 2012

De colegios


Hace unos días tuve ocasión de escuchar una típica conversación de parque entre dos madres. Hablaban de colegios;  bueno, en realidad hablaban del supuesto nivel académico de los colegios. Que si del colegio X salían muy preparados, que si el colegio Y tenía unas medias en selectividad estupendas. Que a ver si nos cogen en X o Y, porque luego ya se sabe lo importante que son las notas para la selectividad… Me vuelvo y veo que el objeto de los desvelos de ambas madres están bastante más interesados en intercambiar la pala roja por el rastrillo verde (y a ser posible quedarse los dos) que  por las notas de X o Y.



Probablemente a la inmensa mayoría de la gente le resulte habitual e incluso normal la escena pero a mi me pone los pelos de punta. Estamos hablando de niños de 3 años!!! Y para ver qué colegio elegimos nos vamos a mirar las notas de Selectividad.  Muy apropiado. Sobre todo teniendo en cuenta que al ritmo que cambian las cosas en Educación hoy en día, a lo mejor cuando toque que los dueños del rastrillo vayan a la universidad no importa la nota que tengas sino lo que te puedas pagar.



No sé, quizá esté equivocada pero yo veo las cosas tan diferentes… Siempre me ha pasado. Cuando llegó el momento de que mi empanadilla A empezara el cole, nuestras inquietudes no eran qué notas sacaban los niños al terminar, ni  si el nivel de Lengua era alto o no.  He de reconocer que  a veces sentía como me miraban no sé si como a una extraterrestre o como a una madre desnaturalizada, porque no le daba importancia  a ese tipo de baremos.

Siempre digo que lo importante es un cole en el que tu hijo pueda ser feliz. Oye, quizá no lo consigamos, pero desde luego hay que intentarlo. Pasan tantas horas allí, es tan importante su primer contacto con el aprendizaje más “reglado” que ¿cómo puede ser que nos preocupemos más del nivel de inglés que de cómo los tratan en el día a día?.  En esta era en la que todos estamos tan (sobre)cualificados, parece que los conocimientos puramente académicos priman sobre todas las cosas.

Anécdota: para mi era crucial el tema de cómo manejaban el control de esfínteres. Me parecía básico que no fuera un cole en el que te llamaban para cambiar al niño, por ejemplo. O en el que aunque los cambiaran de ropa en caso de escape, dieran por hecho que a esa edad “ya tienen que controlar”  y si no incluso les riñeran. Mucha gente me comentaba eso de “bueno, pero eso es solo el primer año, no es algo tan determinante”. Sin embargo, a mi me parece justo lo contrario. ¿Cómo no va a marcar para siempre a un niño el que le dejen sin cambiar mientras viene su mamá a cambiarlo? A veces, como son pequeños, se nos olvida que sienten de manera inversamente proporcional a su tamaño.

No me importa si mi hija empieza a leer con 4,5 o 6 años. Pero sí me importa que si hay alguna dificultad la detecten a tiempo y podamos trabajarla en conjunto adaptándonos a ella. No me importa si mi hija escribe ya su nombre o no. Pero si me importa que le haga ilusión intentarlo. No me importa que mi hija no toque el violín. Pero si me importa que le permitan desarrollar el gusto por la música . No me importa que no sea bilingüe con 6 años. Pero si me importa mucho que adore a su profe de inglés. No me importa que vuelvan ella y su ropa llena de pintura todos los días; me encanta que experimente el gusto de pintar con las manos.


En definitiva no busco un lugar donde le enseñen muchas cosas a mi niña, sino un sitio en el que mi niña sea feliz aprendiendo a aprender