miércoles, 19 de septiembre de 2012

Casa


Últimamente he pasado una época un tanto nostálgica. Quizá porque me he reencontrado de alguna manera con antiguas amistades, o porque cada vez que vuelvo a casa, de alguna manera, me remuevo por dentro.

Casa. 

Si pienso en casa, si pienso, mi casa es mi familia, mi chico, mis hijas. El lugar donde vivo ahora,  que poquito a poquito vamos construyendo y reparando a cachitos.

Pero si no pienso, si me dejo llevar y siento, casa es otro sitio. Casa es donde pasé la niñez, la infancia y la adolescencia.

Casa es una casa con el parqué rayado,  son estanterías desordenadas llenas de libros, cenas en torno a la mesa de la cocina.  Juegos con mi hermano en la habitación, escondites tras los sofás. Peleas fraternales, claro, pero sobre todo risas. Casa es llegar y contar lo que has hecho en el cole, casa es oír la puerta de la calle y sentir que ya estamos todos.

Casa es peleas por el baño, deberes por las tardes, juegos en la calle, nervios porque es la primera vez que voy a salir. Casa es ese sitio donde aprendes a soñar.

Casa es un chocolate caliente mientras llueve fuera una tarde de sábado. Casa también es ese sitio al que no quieres volver siempre cuando tienes 15 años y los amigos son tu mundo. Casa es ese sitio donde siempre te esperan. 

Estoy llegando a ese punto de mi vida en el que hace más años que vives por tu cuenta que en casa de tus padres. Y sin embargo, mi casa está allí.

Si dejamos atrás la parte melancólica, y miramos la nostalgia no desde el “cualquier tiempo pasado fue mejor” sino de cómo nos sentimos al recordarla, yo solo puedo decir que al pensar en mi infancia me invade la calidez. La sensación de seguridad que sentía en casa, cuando todos estábamos allí, nunca la he vuelto a sentir.

Casa es esa sensación de “no puede pasarte nada malo mientras estés aquí, conmigo”.

Y me doy cuenta de que inconscientemente eso es lo que he estado buscando siempre para mis hijas. Quiero que se sientan seguras, quiero que su habitación sea el refugio ante las adversidades, y que el sofá del salón sea el lugar donde acurrucarse en las tormentas.


Así que renuncio  a las paredes impolutas, renuncio a los sofás intactos. No quiero todos los juguetes perfectamente recogidos, ni toda la ropa colocada en sus cajones.

Simplemente quiero que el día de mañana mis niñas sientan que volver a casa, a su casa, es volver al mejor sitio donde se pudieron criar. 

jueves, 5 de julio de 2012

Gracias, mamá


Hoy, por fin, te jubilas. Hoy por primera vez en 65 años no vas a celebrar el cumpleaños, sino ¡la jubilación! Entiendo que después de tantos años trabajando tiene que sentirse uno extraño con la sensación de que no, ya no hay que volver nunca más a trabajar, a la taquilla, a levantarte del sofá por la tarde porque hay turno de noche.

Pero yo si quiero celebrar el cumpleaños. Quiero aprovechar este 65 cumpleaños para darte las gracias… Por todas y cada una de las cosas que has hecho como madre, aunque no estemos de acuerdo en muchas (es lo que tiene educar a los hijos para que tengan ideas propias…). Sin embargo, me gustaría agradecer especialmente algunas de ellas.

Gracias por tenernos siempre en cuenta. No es una obviedad, no todo el mundo piensa en los niños como personas. Gracias por dejarnos tomar decisiones, por dejar que nos equivocáramos. Y por estar ahí cuando después de equivocarnos hemos vuelto con el rabo entre las piernas.


Gracias por no dejarnos llorando sin ser atendidos (“para que aprendan”); por entender que cuando alguien llora, le pasa algo. Por enseñarnos que los sentimientos hay que respetarlos y que no son buenos ni malos, que a veces hay que llorar para curar las heridas.

Gracias por no obligarnos a dormir solos. Por no dejarnos a oscuras llorando, por hacernos siempre un hueco en la cama, y dejarnos dormir contigo. O incluso encima tuyo. Gracias por las luces encendidas en la noche.

Gracias por educarnos en el respeto y en la igualdad. Por hacernos entender que todos somos iguales, y que las personas son importantes. No he sido consciente de esa enseñanza durante mucho tiempo, hasta que me he dado cuenta de que no todo el mundo trata a la gente como tú, como nosotros. Y gracias por inculcarnos que hombres y mujeres son iguales no solo ante la ley, sino ante la vida.

Gracias por los años duros. Por todas esas noches sin dormir, por todas esas jornadas maratonianas de trabajo, por esa soledad en la crianza. Gracias por conseguir que teniendo una madre trabajadora fuera de casa jamás nos hayamos sentidos solos ni abandonados.

Gracias por no pegarnos, por no castigarnos, por tratarnos con respeto. Por hacernos partícipes de la marcha de las cosas y por explicarnos todo. Por dejarnos ensuciarnos, por no reñirnos cuando intentábamos algo aunque no lo consiguiéramos. Gracias por no premiar las buenas notas ni castigar las malas.

Y seguro que me dejo muchas cosas, seguro que alguna importante.  Pero no quiero terminar sin agradecerte también tu función de abuela. Gracias por ser una abuela estupenda para tus nietas. Por pintarles las uñas y llevarlas a comer hamburguesas y a bailar.

Disfruta de tu día, te lo has ganado.

 Felicidades, mamá. 

viernes, 29 de junio de 2012


Me llegan noticias de que hoy,  29 de Junio celebramos el Día Mundial del Sueño Feliz. 



Justo ahora, en un momento en que quien me conoce sabe que estoy pasando una época mala, mala de sueño, mala de cansancio, mala de no dormir 3 horas seguidas. Parece que hubiéramos retrocedido en el tiempo a cuando mi hija pequeña tenía dos meses y dormir 2 horas era motivo de fiesta.

Y hay días que entre despertar y despertar de la peque ya no me duermo y doy vueltas, y más vueltas y me desespero, claro, como no, porque todos somos humanos y no dormir es duro. Pero si hay algo que me parece mucho más duro es sentirte abandonado. Y no cambio una hora de sueño más por uno de esos famosos minutos de reloj de mi hija llorando sola en la cuna. Cuando finalmente cae rendida, relajada, buscando refugio en el hueco de mi brazo, y la miro, no cambiaría ese momento por nada en el mundo. 

Yo no voy a basarme en estudios científicos, no voy a buscar bibliografía acerca de las secuelas de dejar llorar a un niño para que “aprenda a dormir” (curioso, si no supiese dormir no hubiera sobrevivido, pero a alguien que esté berreando en su cuna no debe parecerle suficiente muestra de vitalidad). Yo solo me baso en que lo que no quieras que te hagan a ti, no se lo hagas a los demás. 

Dejar llorar a un niño solo en la oscuridad no es ayudarle. No es enseñarle nada. Bueno si, es enseñarle que no puede contar contigo cuando te necesita.  Dejar llorar a un niño en su cuna reloj en mano es, simplemente, una crueldad. 

Yo pasaré noches mejores, pasaré noches peores, pasaré noches en vela (de esas, seguro, unas cuantas). Pero desde luego, mientras esté en mi mano, mis hijas no pasaran noches sintiendo que sus padres no responden a sus llamadas. Mientras yo pueda, ninguna de mis hijas sentirá angustia a la hora de irse a dormir. Mientras ellas quieran y lo necesiten, mis hijas me tendrán siempre a su lado cuando Morfeo quiera recibirlas en sus brazos.

Que tengáis buenas y felices noches,

Mamá Empanadilla

jueves, 31 de mayo de 2012

Cinco años...



Cinco años. Mañana cumples 5 años. Madre mía, qué número tan redondo ¡y tan grande! Llevas una semana emocionada porque “en Junio es mi cumple” y porque lo vamos a celebrar,  y porque irá mamá al cole a llevar un bizcocho, y porque saldremos al parque con tus amigos….

Y yo no hago más que recordar. Me acuerdo tanto de cuando me enteré que estaba embarazada; de cuando empezaste a moverte dentro de mi y a darme patadas. De cuando supimos que eras una niña y te pusimos nombre. Y de cómo tu padre se acercaba a la barriga y lo decía una y otra vez “para que supieras como te llamabas”.

De los preparativos, del final del embarazo, de las ganas de saber cómo eras físicamente, de conocerte, de tocarte.

Y el día llegó, y dejamos de ser una para ser dos para siempre. Te tocamos, te olimos, te sentimos, sin llegar a creérnoslo y sin saber muy bien qué hacer contigo.

Estos días recuerdo tan a menudo esos meses, ese bebé redondito que eras, plácida, tranquila, feliz. Recuerdo sobre todo tus ojos, esa mirada...

Tu llegada al mundo cambió nuestra vida para siempre; eso lo esperábamos, pero no sabíamos cuanto. No se puede explicar lo que se siente al tener un hijo hasta que lo tienes. Una vez tratando de compartirlo con una amiga que no era madre, se lo describía como “algo tan animal que no puedo describirlo con palabras”.

Cuando llegaste, yo no estaba tan informada como ahora. Acerca de colecho, porteos, lactancia… Pero sé que jamás te dejamos llorar, nunca te faltaron los brazos, jamás te quedaste sola en la cuna esperando desgañitándote sin que alguien viniera a por ti. Porque hay cosas que uno no sabe cómo hacerlas bien, pero sí sabe cómo no hacerlas mal.


De estos cinco años me quiero quedar con la parte buena. Sé que hemos pasado tiempos terribles, hay unos meses que contemplo como en una nebulosa, y solo me arrepiento de no haber sabido disfrutarte más en esos momentos.  Pero eso también me ha enseñado a hacerlo ahora, a preocuparme (un poquito) menos, y a no esperar “que pase el tiempo cuanto antes” porque eso significa perderlo para siempre



Y hoy estamos aquí, cinco años después. Cada vez que pienso que mañana cumples cinco años se me llenan los ojos de lágrimas como a una tonta. Porque no me puedo creer que de mi, de nosotros, haya surgido esa personita tan especial que eres tú. Porque si hay algo que me hace feliz es sentir tu mano en la mía y escuchar tu voz. Porque tú y tu hermana sois las personas más importantes del mundo. Y porque quiero que cuando los cinco sean seis, y siete, y ocho... sigas buscando mi mano.

Felicidades, cariño. 

viernes, 4 de mayo de 2012

Echar de menos


Echo de menos a demasiada gente. Hace poco tiempo escribí esto en el facebook. Y desde entonces no dejo de pensarlo. Hace poco la vida me ha unido de nuevo a una amiga de esas de siempre, de toda la vida, a la que no ves todo lo que quisieras. Y por una situación poco afortunada hemos hablando más en una semana que en los últimos años. Y me he dado cuenta de cuánto la echaba de menos, cuánto, y sin saberlo.

Echo de menos a personas de las que me he alejado única y exclusivamente debido a la distancia. He vivido en diferentes ciudades en los últimos años, y aunque es una experiencia muy enriquecedora, nadie me avisó de lo que duele la parte mala: ir dejando gente en cada una de ellas. Aunque nos reencontremos cada cierto tiempo, aunque nos escribamos y nos sepamos, echo de menos esas barrigas que no vi crecer más que en fotos; esos bebés que conocí siendo ya niños y de los que no sé su juguete favorito, ni si les gustan las salchichas o el chocolate.

Echo de menos a mis “históricas”. Echo de menos a todas aquellas niñas con las que crecí, con las que aprendí a reír, a llorar por amores no correspondidos, a cantar a grito “pelao” en la calle. Con las que aprendí a compartir confidencias. Hay momentos en los que, a pesar de las distancias, a pesar de los kilómetros, os pienso y os hablo, y os escucho en mi cabeza. Y os necesito.

Echo de menos no haber podido compartir con vosotras esos momentos que ya no volverán. Añoro los cafés eternos, las noches interminables y los días intensos. Pero sobre todo añoro esos momentos que vendrán y no podremos vivir juntas.


Y también echo de menos (¡cómo duele este!) a esas personas de las que me alejó la vida. Aquellas cuyos caminos se fueron separando del mío, sin que pudiéramos o quisiéramos hacer nada por evitarlo. A pesar de los desencuentros, de los desengaños y de lo duro de la separación, también os echo de menos.

Echo de menos a demasiada gente. Cierto, pero no puedo terminar sin añadir algo. A veces, la vida te sorprende. Y cuando te encuentras inmersa en la nostalgia, aparece un puñado de personas, unas poquitas, que hacen que te apetezca empezar de nuevo. A no echar de menos. A compartir el día a día, a compartir confidencias, risas, a llorar cuando haga falta.

Vosotras sabéis quienes sois. Otras no leerán esto, pero igualmente les pertenece, porque también forman parte de ese puñadito que me hace más feliz.

lunes, 9 de abril de 2012

El tiempo


El otro día, tras una jornada entera de parque al aire libre, mi hija me preguntó “¿Y esta tarde donde vamos?”. Eran las siete y pico de la tarde así que me tocó explicarle que a ningún sitio más, que ya nos íbamos a casa. Para ella, como habíamos salido por la mañana y no habíamos vuelto a casa, seguía siendo por la mañana, o más bien era un continuo…

Esta aparente tontería me hizo reflexionar acerca del tiempo. O más bien, de la percepción que tenemos del tiempo. Cuando eres pequeño los días son largos. Las estaciones enormes y los años inmensos. Todo es grande, todo es eterno. Y queremos crecer, y queremos que pasen las horas, los minutos, los días, los cursos escolares. Para ser mayores, para ser grandes.

Los adultos solemos presenciar esta prisa por que pase el tiempo con una mezcla de nostalgia y condescendencia: “No tengas prisa por crecer” “Quien volviera a ser niño”, etc.

Y, sin embargo, seguimos viviendo igual. Parece que no hemos aprendido nada. Nos pasamos la vida queriendo que acabe la jornada de trabajo, que llegue el fin de semana, que llegue el puente en el que nos vamos a tal sitio, que llegue el verano, que llegue…
Tenemos un bebé en brazos y a menudo queremos que “empiece a hacer cositas”, que “empiece a hablar” que “empiece a andar”, que “deje el pañal”, que “coma solo” que “duerma solo” que… que pase el tiempo.

Y yo no hago más que pensar. Que solo tenemos este tiempo. Es un tópico, pero es tan cierto: esta hora no volverá. Tendrás otra, más feliz, menos feliz, más ocupada, más relajada, pero será otra. Y a esta no podrás volver, aunque quieras. Y querrás, seguro que querrás.

Tu hijo tendrá 1, 2, 10 años. Pero no volverá a tener la edad que tiene hoy, que tiene ahora, en este momento. Yo lo pienso mientras duermo a mi hija mayor, cuando me entran ganas de que duerma sola y poder irme al salón. ¿Cuántas veces echaré de menos estos momentos junto a su cama en el futuro?

Y lo pienso cuando me desespero mientras me despierto veinte veces por la noche con mi hija pequeña. ¿Cuántas veces suspiraré por volver a pasar una sola de estas noches sabiendo que ella está junto a mi, en mi cama?

Y cuando de verdad lo pienso, en ese justo instante, estoy en paz con el momento y la realidad que estoy viviendo. Y soy más feliz. 

miércoles, 14 de marzo de 2012

Los niños son personas



Pues vale, pensaréis. Se ha roto la cabeza de pensar. Pues no es tan obvio, señores. O no lo parece. Estoy harta de escuchar frasecitas del tipo: para que aprendan. Para que sepan quién manda.

En concreto estoy bastante cansada de escuchar las supuestas virtudes de la Supernanny y cualquier otro coleguilla conductista. Ahora que está tan de moda, no hay día que alguien no me haga referencia a ella y a como “funcionan” sus métodos. Que sí, que lo que es funcionar, funcionan, si entiendes por funcionar que, dado que no haces ni caso a los llantos de tu hijo, éste opta por dejar de llorar (lo cual no quiere decir por supuesto que haya encontrado ninguna solución a su problema, simplemente ha decidido  que no merece la pena mostrarte sus sentimientos, total, ¿para qué?). Es decir, si tu objetivo es conseguir silencio, OK campeón, lo tienes hecho. Si tu objetivo es conseguir que tu hijo haga lo que tú quieras sin cuestionarte nada, esta es tu herramienta.

Ahora bien…si tu objetivo es que tu hijo crezca confiando en la presencia incondicional de sus padres… ahí amigo ya no estoy tan segura. Rarita que es una.
Yo no soy pedagoga, no soy psicóloga, no soy maestra, no soy más que persona y madre. Y eso no se hace. Hay cosas que no está bien hacerlas, por mucho que a través de ellas consigamos lo que queremos, e ignorar los sentimientos de la persona más importante de tu vida debería figurar entre ellas (insisto, rara que es una).

Otro de los grandes “hits” son las caritas sonrientes/tristes, y los premios por buen comportamiento. O sea, si la niña en cuestión se porta bien, le ponemos una pegatina verde/sonriente. Si se porta mal, una roja o enfadada. Es que ni siquiera entro a debatir qué es portarse bien o mal. Si recojo la mesa me gano la cara sonriente. Pero si no la recojo, una imagen cabreada me mirará constantemente desde el tablón colgado en el frigorífico todas las mañanas recordándome que hace 3 días no quise poner el plato en la mesa. Y gracias a ello, este fin de semana me quedo sin ir al circo. ¡¡¡Aaaaahhh!!! ya lo pillo. O no… espera, es que no entiendo la relación entre poner la mesa e ir al circo… Lo dicho, además de rara, cortita.

¿Para qué nos vamos a molestar en buscar formas más constructivas de entender las consecuencias de mis actos? Si esto es mucho más rápido. Estoy convirtiendo a mi peque en una máquina recolectora de gomets verdes, oiga. Claro, que si mañana le digo de repente que no recoger la mesa vale una cara sonriente y recogerla una roja, el chiquillo en su afán recolector dudo mucho que se planteara la coherencia de la norma.

Y no menos importante… las famosas llamadas de atención. Fíjate que son bajitos pero malévolos, parecen pensar algunos. Que cuando quieren que les hagas caso, van e intentan que se lo hagas. Maquiavélico. Así que nada, la próxima vez que vaya por la calle y oiga mi nombre, agacho las orejas, miro al suelo y aprieto el paso. ¡Que alguien está tratando de llamar mi atención! Habrase visto tamaña desfachatez. Ya se sabe ¡ni caso!.


Lo dicho, se nos olvida que los niños son personas.  Bajitas, pues sí. Pequeñas, pues depende de cómo cuantifiques a la persona, si por altura o por riqueza interior. Si es por lo primero serán pequeños, pero si es por lo segundo a nuestro lado serían gigantes.

Yo cuando oigo el tan manido: “Es que si le haces caso cada vez que llora, aprenderá que siempre estás pendiente de él” o “Las vas a acostumbrar a que cada vez que lloren allá vas tú”, siempre contesto que justamente ESO es lo que quiero que aprendan mis hijas.

Que pase lo que pase, hagan lo que hagan, mamá estará a su lado. Me parecerá bien, me parecerá mal, estaremos de acuerdo o discutiremos por ello, pero siempre podrán contar conmigo.